24/4/2014 -

He aquí nuestra historia.


Liliana Marescalchi: “Un paraje llamado Las Perdices”. Córdoba, 2002.

Creación de la Colonia Vélez Sarsfield…


Tras la batalla de Caseros, enormes cambios hubo en la Argentina. Un país que estuvo tantos años desmembrado por ideales políticos, marcado por grandes contrastes, de costumbres bárbaras y excentridades urbanas, de pobreza y de opulencia, de fina cultura y de increíble ignorancia, de sangre extranjera y supersticiones indígenas. Este país tuvo la ardua tarea de intentar la reunificación y la explotación de su suelo. Pero, ¿Cómo?

En primera medida “Educando al Soberano”, según decía Sarmiento. Solo un pueblo instruido tendría libertad y conocimiento para elegir a sus gobernadores.

En igual orden de importancia, Alberdi sostenía que “poblar es gobernar”. En realidad juntos pregonaban la necesidad de brazos extranjeros, para que poblaran nuestras desoladas pampas y enseñaran a nuestros habitantes hábitos de trabajo, ahorro, respeto a la autoridad. Todo aquello, que a juicio de estos hombres, aquí no existía, por lo que aún no sabían gobernar.

Ellos suponían que la inmigración iba a fraguar un argentino distinto, trabajador y entendido en maquinarias.

Siguiendo esta corriente nacional el gobierno de la provincia de Córdoba, buscando atraer la inmigración que ya afluía a Santa Fe, dictó leyes de colonización, a fin de garantizarles tierra a los colonos. Pero recién con la Ley de Colonos del 31 de Julio de 1886, se puede decir que tomó verdadero auge la colonización en la provincia.

Esta Ley entre otras medidas, autorizaba la fundación de colonias en tierras fiscales, y marcaba la diferencia entre colonias fiscales y colonias particulares.

En las colonias fiscales la división sería establecida por el poder Ejecutivo, las concesiones se venderían en remate público, permitiéndose la compra como máximo de 4 lotes y estaban exceptuadas del impuesto fiscal por diez años. Todas medidas tendientes a atraer a la mayor cantidad de extranjeros, ofreciéndoles a cambio la producción, el sueño de la tierra propia.

Es así que en la ciudad de Córdoba, el 17 de marzo de 1887, el Departamento de Gobierno, resolvió la creación de la Colonia Vélez Sarsfield, mediante el siguiente decreto :

“Considerando:

Que la mejor forma para la provincia de utilizar los terrenos apropiados para el cultivo, es entregarlos a la colonización.

Que en el Departamento Tercero Arriba, existe un área de tierra fiscal a inmediación del ferrocarril Andino, en las condiciones requeridas para ser labrada con el mejor éxito.

Que al establecer la ley de materia, que las concesiones y solares cuya enajenación se resuelva sin precio determinado.

Que siendo el propósito del Gobierno atraer la población, y estimular la agricultura, es más conveniente estipular un precio fijo, por cada lote de colonia, y más reducido del precio en que ordinariamente se vende, para colocar así la tierra de labor al alcance de la generalidad.

El Gobernador de la Provincia

Acuerda y Decreta:

1° Créase una Colonia bajo la denominación de “Colonia Vélez Sarsfield”, sobre ambos costados de la Estación del mismo nombre en el Departamento Tercero Arriba, Pedanía Punta del Agua, en el campo conocido por “Cañada de Lucas”.

Así nació Las Perdices con el nombre de Villa Vélez Sarsfield, mediante un decreto firmado por el entonces gobernador Sr. Ambrosio Olmos.

A la Villa y colonia se las denominó de idéntica manera que la estación (de la actual localidad de Dalmacio Vélez, que en ese momento aún no había sido fundada).

El Departamento Topográfico se encargó de la delineación de los terrenos.

Por decreto del poder ejecutivo se designó como encargado de ventas al Sr. Luis Rivara, comenzando el remate público el 1° de enero de 1888.



Una realidad para no olvidar…


La historia de Las Perdices, comenzó mucho antes de 1887.

Cuando en los despachos del gobernador Olmos se firmó el decreto de fundación de esta colonia, existían familias que vivían desperdigadas en campos vecinos desde hacía varias generaciones, su sangre había enriquecido el suelo, con dolor y sufrimientos. Conocían como nadie cada rincón del monte cercano de la basta llanura. Era de ellos el viento, el cielo amplio y la patria, que se apretujaba orgullosa en el corazón.

Habían sido víctimas de malones, de injusticias y tenían curtida el alma de tanto desamparo. Ellos fueron los pioneros. No se debe olvidar, no se puede ignorar.

Sus genealogías se remontan por lo menos a 1777 cuando comenzaron los primeros registros parroquiales en la entonces Capilla Rodríguez (hoy Villa Ascasubi).

Además muchos de ellos venían heredando propiedades desde comienzos del siglo XVII, y a otros ya les cabía el derecho treinteñal.

Hay testamentos, cartas y de los más diversos documentos que van armando un gran rompecabezas con delicadas piezas, sutiles, apenas perceptibles entre la gran maraña de papeles amarillentos, que van formando una clara visión de la vida colonial de la zona y de sus protagonistas con nombres y apellidos.

Pero antes, los dueños de todas las tierras habían sido los indígenas, y su presencia hasta fines del siglo XVII, fue un impedimento para que vinieran los primeros colonizadores.

Sacarlos del olvido es un gran desafío.

La historia se muestra pródiga y aunque no comenzó precisamente en el paraje llamado antiguamente: “de las Perdices”, aquí llegaron con sus tradiciones, altivos gauchos, desde cercanías de Punta del Agua, Hernando Pujio y Choe, Pampayasta, Yucat, Capilla Rodríguez, de las estancias de Las Peñas, La Isleta, Chilo, San Javier, Los Dos Árboles, El Tambito y, La Paja. Toda una gran zona que dio lo mejor de su sangre y su raigambre que aún perdura acunada por sus descendientes.

No se los debe relegar aunque sus nombres no figuren como propietarios de la Colonia. Poco importan los títulos cuando hasta entonces eran dueños de toda la pampa y su mayor posesión hasta no hacía mucho era el ganado que vuelta a vuelta se los arriaban los malones o los cuatreros. Tampoco reclamaban tierras que les eran suyas por el beneficio de la Ley, simplemente porque lo ignoraban,... ¿de qué manera saberlo? Si habían sido aislados de centros civilizados y su única escuela era el campo.

Solo podrá corroborarse su presencia en los mapas catastrales como puestos de las estancias, o asentados en tierras fiscales. Son útiles también registros parroquiales y cartas de patrones que los mencionaban como peones, capataces, etc.

En los empadronamientos muchos figuraban como “pardos” y en otros documentos se les omitía el “don”, como si el valor humano dependiera del linaje o del color de la piel.

Poco extranjeros se encuentran en la zona anterior a la fecha de la creación de la colonia, pero a partir del momento de la venta de los lotes, llegaron los nuevos habitantes con todo su legado cultural. Se multiplicaron en los campos, cambiando para siempre el paisaje y la idiosincrasia no solo de la zona sino del país.

Trabajadores incansables, que habían conocido el hambre en Europa, roturaron la tierra virgen prácticamente con sus manos, tal era su miseria que muchos a sus primeras moradas las cavaron en el suelo y apenas sobresaliendo del suelo las techaron con lo que pudieron. Cuantas lágrimas derramaron esas gringas por padres que no verían nunca más, por lo salvaje e interminable de esas por todas las diferencias que les pesaban como cruces.

A la par de tanto sufrimiento germinó la primera semilla, luego se acrecentaron cosechas y cuando la holgura se los permitió llamaron a los lugareños a trabajar con ellos. Allí comenzó la mixtura. Aprendieron el idioma, las costumbres locales. Con los años se podía ver señoritas muy rubias tomando mate o bailando un gato y aunque no fuera bien visto hasta se casaron con criollos, que las cautivaron con su gallarda figura y lo delicado de sus modales.

También más de un peón terminó hablando piamontés y usando el arado como el mejor de los italianos.

El primer asombro ante costumbres tan diferentes fue pasando y lentamente las dos culturas se fueron uniendo perdiendo prejuicios y formando orgullosamente esta patria chica que lleva el nombre: Las Perdices.

Tampoco hay que olvidar que la mayoría de los primeros habitantes se asentaron en lo que hoy se conoce como Barrio Argentino (dando por ello origen al nombre del Barrio: “Argentino”).

Recuperar la historia para la elaboración de este proyecto hace que este se visualice y se sienta (para los autores y vecinos del sector) como un momento de reparación histórica.





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